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Acerca de la violencia intrafamiliar

Muchos nos familiarizamos con el término violencia, tan es así que no nos sorprende, incluso nos parece esperado o al menos aceptable. El hecho de vivir con la violencia como si fuera nuestra vecina sigilante produce un cambio social inimaginable. Solo que ahora ya no tenemos que imaginarlo, existe en nuestra comunidad, en nuestra sociedad, en nuestra iglesia, en nuestro grupo de amigos, en nuestra familia y en nuestro espacio interior.

La violencia puede darse de varias formas, en varios lugares y por varias razones, en esta ocasión nos enfocamos en la violencia intrafamiliar, aquella que se produce, se vive y se sufre dentro de la familia.

Muchos son los factores que propician la violencia intrafamiliar, podemos hablar de un mal hábito, falta de control sobre los propios impulsos y reacciones, de un mal comportamiento aprendido a lo largo de los años o de un tipo de pensamiento tolerado durante mucho tiempo que posiciona al agresor como un elemento aceptable, como parte normal de la vida diaria de un ser humano. Pero,  que hay entonces de las repercusiones de este comportamiento? seguirán siendo ignoradas y permitidas?

Veamos en primer lugar cuales son los signos más comunes que una persona víctima de violencia intrafamiliar presenta:

  • Retraimiento
  • Pasividad
  • Aislamiento social
  • lesiones físicas, como moretones, rasguños o fracturas difíciles de explicar
  • Temor a relacionarse con otros
  • Miedo hacia los adultos
  • Evasión de un ambiente en especifico
  • Disminución en la comunicación con los otros
  • Falta de apetito
  • Pérdida de peso
  • Falta de concentración
  • Baja autoestima, pesimismo, pensamientos suicidas
  • Aspecto físico desaliñado, sucio y falta de proligidad en general
  • Berrinches, rabietas, comportamiento temperamental
  • Actitud precoz ante el sexo
  • Desconfianza ante los demás

En la mayoría de los casos se requiere practicar la observación activa para poder definir el cambio en el comportamiento de la persona que lo sufre. Recordemos que puede afectar a un niño, un adolescente, una persona adulta o incluso a un adulto mayor.